El Hierro conforma el punto más alejado de la Península,
de la que se aparta mirando a la inmensidad del Atlántico camino de América. Isla del meridiano, le dicen, a causa de esa línea imaginaria que divide la tierra de este a oeste y establece los husos horarios.
Allá por el siglo II, fue el geógrafo griego Ptolomeo (y con él todo un equipo de eminentes astrónomos y matemáticos) quien acordó situar el meridiano Cero en el límite oeste de este territorio, que en aquellos tiempos era la punta más extrema del viejo mundo conocido. El confín occidental de la tierra.
Hoy la isla ya no es el estándar que sirve de referencia a la cartografía mundial (ese honor pasó a ostentarlo, en 1884, el meridiano de Greenwich), pero sí conserva el aura de un lugar ajeno y remoto, tocado por la mística del fin del mundo.
En la aspereza de su fisionomía y en la complejidad de su aislamiento, El Hierro exhibe una belleza brutal. Aquí la vida, no siempre amable, es la histórica puesta del ingenio del hombre a merced de la naturaleza.
El Hierro, por raro que suene de una isla, parece vivir de espaldas al mar. Su pequeña capital, Valverde, es la única del archipiélago canario que no está en la costa, sino en las medianías de una ladera por la que se desparrama a 570 metros de altitud. Por eso no huele ni a salitre ni a pesca.
Las escasas playas herreñas o son pequeñas y de difícil acceso, como la hermosa cala de Tacorón, o tan salvajes que hacen peligroso el baño, como El Verodal y las que acoge el Monumento Natural de Las Playas. Pese a eso, zambullirse en su costa no solo es posible, sino muy recomendable.
Para ello, los lugareños prefieren los charcos, piscinas naturales surgidas en los recovecos del escarpado litoral y que compensan con creces la escasez de los tradicionales arenales.
Convertida en el escenario para que la jueza Candela Montes —interpretada por Candela Peña— desentrañe homicidios en la exitosa serie Hierro (Movistar+), esta isla volcánica de 268 kilómetros cuadrados y 10.500 habitantes fue declarada en el año 2000 Reserva de la Biosfera y ha sido elegida por Lonely Planet como uno de los destinos estrella para todas las edades de este 2021. Y motivos no faltan.
Al sur, cerca de su único puerto natural, el de La Restinga —donde se concentra la pequeña actividad pesquera de la isla—, se encuentra el Mar de las Calmas, reserva marina convertida en meca del submarinismo en la que viven más de un centenar de especies marinas, como bicudas, meros, tortugas bobas, barracudas, morenas y algún pacífico tiburón ballena.
En esta parte de El Hierro está la coqueta cala de Tacorón, que exige una caminata para alcanzar sus arenas rojizas, pero también el charco que lleva el mismo nombre. Esta piscina natural es una pequeña entrada de mar de aguas traslúcidas.
De fácil acceso en coche por la carretera que atraviesa El Julan, campo de lava que da aspecto lunar al sur de la isla, Tacorón es un punto de encuentro de lugareños que madrugan para hacerse con alguna de las barbacoas instaladas bajo chamizos y poder pasar la jornada alternando chapuzones con baños de sol entre agrestes rocas volcánicas.
Siguiendo por el deshabitado sur hacia el oeste se alcanza el faro de Orchilla, punto geográfico que, hasta que Colón descubrió América, era considerado el finisterrae. Muy cerca de allí pasaba esa línea imaginaria que es el meridiano cero y que los ingleses se llevaron en 1884 al Observatorio de Greenwich arrebatando a El Hierro su última relevancia geográfica.
Si se sigue hacia el norte, por una carretera que sube y baja por tierras volcánicas en las que despuntan algunas sabinas retorcidas por el viento, se pasa cerca de la playa de El Verodal y, un poco más tarde, se alcanza la gran obra de la naturaleza en El Hierro, El Golfo, fruto de la actividad telúrica.
El gran anfiteatro
Un devastador seísmo rompió literalmente la isla hace 50.000 años y precipitó hacia el mar una parte hasta convertir la que resistió en un anfiteatro gigantesco y majestuoso.
En esta media luna que bordean por un lado las altas laderas de la montaña y, por el otro, el azul del mar, están diseminadas las casas del municipio de La Frontera, incluido el blanco templo de Nuestra Señora de la Candelaria con su peculiar campanario separado del cuerpo central y situado sobre la roja montaña de Joapira. Cuando el viento acompaña, su cielo se ve salpicado por las multicolores telas de los parapentes.
En este largo tramo de costa se abren numerosos charcos. Algunos son perfectos para familias, como La Maceta, con tres piscinas en las que el Atlántico, cuando se revuelve, cuela sus olas para disfrute de los bañistas. O el de los Sargos, con vistas a los cercanos roques de Salmor, formaciones rocosas que emergen del océano y en las que se refugia el endémico lagarto gigante.
También los hay coquetos, como el Charco Azul. Bajo una pequeña gruta de 10 metros de largo por 6 de ancho, sus aguas se muestran los días soleados rabiosamente de ese color.
Al lado, ya a cielo abierto, se abre otro charco en el que la mano del hombre es más visible y que permite disfrutar del espectáculo de las olas golpeando contra las columnas basálticas que sirven de último parapeto.
Pasado El Golfo, un túnel horada la montaña y permite alcanzar en coche el otro lado de la isla en pocos minutos. Desde allí se puede acceder al mirador de La Peña, diseñado por César Manrique, y al de Jinama para disfrutar de las mejores vistas de El Golfo.
O dirigirse hacia el prehistórico bosque de laurisilva y al escondido árbol del Garoé, capaz, según las crónicas, de atrapar con sus ramas el agua de las nubes para dar de beber a los primitivos moradores, los bimbaches, en un lugar en el que no hay ríos.
La isla de El Hierro de charco en charco
La isla canaria compensa la escasez de playas con sus hermosas piscinas naturales, como las de Tacorón, La Maceta y el Charco Manso
Si se sigue la carretera hacia la capital hay un desvío hacia el Pozo de las Calcosas, un pueblo a dos niveles. Arriba, las nuevas casas y su minúscula ermita. Abajo, en una bahía natural protegida por un soberbio acantilado, el viejo pueblo y dos piscinas naturales junto a una espectacular colada de lava. No muy lejos está Echedo, un recoleto pueblo que sirve de puerta de entrada a Charco Manso y su fotogénico arco volcánico.
De vuelta a la carretera se deja a un lado Valverde y, más adelante, el aeropuerto, hasta alcanzar Tamaduste, localidad costera que acoge una de las piscinas naturales más populares entre los isleños. Abrigo natural para las pequeñas barcas de pesca, la marea alta convierte el lugar casi en un parque acuático.
Si el mar se encabrita, los chavales se aventuran a la boca de este puerto natural para jugar con las olas y sus tablas de bodysurf. Mientras, otros se encaraman a los riscos para zambullirse y las familias toman el sol en el paseo que rodea la piscina natural. Quién necesita playas en El Hierro.
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El Hierro, pese al aislamiento al que le condena su posición, el territorio canario más pequeño y remoto exhibe un aura de lugar enigmático tocado por la mística del fin del mundo y una belleza primigenia esculpida por la fuerza volcánica
Un soplo de viento repentino despeja los jirones de niebla para dejar a la vista el atormentado paisaje de El Hierro: los acantilados azotados por el océano, las playas de arena negra, las coladas de lava, los senderos al abrigo de aristas volcánicas que evidencian, en definitiva, la apoteosis geológica de su origen.
Hay una extraña quietud en la más pequeña y remota de las islas Canarias, un silencio compacto como si se pudiera trocear, una soledad tan tajante que llega a estremecer. Solo las ráfagas de los alisios, de tanto en tanto, agitan este sosiego.
El árbol que llora
Aunque, cuenta la leyenda, fue una joven enamorada quien desveló este misterio celosamente guardado por su pueblo (lo cual le valió la ejecución), con el tiempo se supo que la abundancia del líquido elemento se debe, en verdad, a un fenómeno meteorológico: la lluvia horizontal.
Actualmente, muchos siglos después, el árbol que llora (en realidad, no es el original puesto que este fue destruido por un huracán en 1610) sigue proporcionando agua fresca bajo el peso de la bruma.
Y cuando aprieta la sequía, como en el año cuarenta del pasado siglo, conocido como el fatídico año de la seca, se ha imitado este proceso con un sistema llamado atrapanieblas, que se emplea en el desierto de Atacama de Chile y otras zonas áridas de África, y que ya los nativos de El Hierro conocían hace la friolera de dos mil años.
Poco parece haber cambiado la isla desde aquellos días, empeñada en mantener ese carácter salvaje y retraído que, por otra parte, logra salvarle del acecho turístico que sí sufren sus hermanas de archipiélago.
En este territorio de 11.000 habitantes empadronados (aunque, en la práctica, son unos 8.000) tan solo hay unas 3.000 plazas de alojamiento (frente a las 127.000 de Tenerife, por ejemplo). Eso y un puñado de carreteras, unos cuantos supermercados y un solo semáforo activo.
Balcones al AtlánticoNada como contemplar desde las alturas la costa escabrosa para apreciar la naturaleza indomable de El Hierro, declarado Geoparque Mundial por la Unesco en 2014. Para ello existe una red de miradores, a los que se llega a través de senderos que aprovechan las antiguas rutas usadas por los herreños, al paso de lenguas de lava, bosques de laurisilva o vertiginosos barrancos.
El de Isora, por encima de la bahía de Las Playas, permite divisar al majestuoso Roque de la Bonanza y la belleza colonial del Parador de Turismo, rodeado de palmeras y jardines de aloe vera. Hermosos son también los miradores de El Lomo Negro, sobre el volcán del mismo nombre y bajo el que se extiende un manto cromático de roques amarillos y verdosos, y el de Malpaso, el más elevado (a 1.500 metros de altitud), que en los días claros deja asomar el perfil de la isla de La Palma.
Pero ninguno hace sombra al mirador de La Peña, proyectado por el artista lanzaroteño César Manrique con un elegante restaurante incluido. Desde este privilegiado balcón se vierten dramáticas vistas al valle del Golfo, tapizado de plantaciones de plátanos y piña tropical, mientas el sol se hunde en la oscuridad del Atlántico.
Entender la idiosincrasia de esta isla, la historia y las costumbres de sus sucesivos habitantes pasa por visitar el Ecomuseo de Guinea, un antiguo poblado del siglo XVII que conserva las casas de piedra volcánica de los primeros conquistadores, en lo que antes había sido un asentamiento indígena. Pegado a él se encuentra el Lagartario, donde se trata de recuperar una especie endémica que a duras penas se mantiene en El Hierro: el lagarto gigante, que puede alcanzar un metro de largo, y que es criado en estos terrarios para reintroducirse en la naturaleza.
Desde aquí, a no mucha distancia, se erige como un barco varado sobre una lengua de piedra el hotel Punta Grande, considerado el más pequeño del mundo: cuatro habitaciones colgadas sobre el océano a las que hasta llegan los embates de las olas.
El fin del fin
Como si fuera algo que se respira, la esencia de El Hierro descansa en aquellos lugares que en sí mismos encierran una oda a su identidad. Como La Rayuela, un hotel boutique de estilo colonial y exquisita decoración, que captura los aires cruzados del mar y de la montaña, y se integra en el paisaje con una hermosa finca en la que crecen los dragos.
O como el restaurante 8Aborigen, comandado por el chef Marcos Tavío, quien desgrana la historia de la gastronomía canaria a través de un menú de 12 platos, en el que no solo el gusto entra en juego sino también el resto de los sentidos.
O como la Bodega El Mirador de Adra, todo un referente de la viticultura heroica, con vinos elaborados con variedades únicas en el mundo, levaduras indígenas y patrones de los antepasados.
Pero hay que llegar a la aislada punta oeste, el rincón en el que cobra fuerza la idea de territorio remoto. Es aquí donde el viento ha moldeado esas sabinas dramáticas y retorcidas que son el emblema de la isla.
También donde se emplaza Sabinosa, el pueblo más occidental de España, donde los propios vecinos han creado un movimiento para revitalizar el folclore y la artesanía.
Y donde descansa el santuario de Nuestra Señora de los Reyes, hogar de la venerada patrona que, cada cuatro años, se traslada en romería hasta Valverde, la capital, en la fiesta por excelencia de El Hierro.
Ya en el extremo, entre conos volcánicos, coladas de lava y arenas rojinegras, en una estampa de desolación, se yergue solitario el faro de Orchilla, allí donde el continente europeo daba su abrupto adiós. Es el punto en el que estuvo el meridiano Cero, cuando los navegantes consideraban el océano Atlántico como aquel Mar de las Tinieblas que golpeaba impetuoso el finis terrae.
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El Hierro is the furthest point from the Iberian Peninsula,
facing the immensity of the Atlantic Ocean on its way to America. It is known as the island of the meridian because of the imaginary line that divides the earth from east to west and establishes time zones.
Back in the 2nd century, it was the Greek geographer Ptolemy (and with him a whole team of eminent astronomers and mathematicians) who agreed to place the prime meridian at the western limit of this territory, which at that time was the furthest point of the known old world. The western edge of the earth.
Today, the island is no longer the standard used as a reference for world cartography (that honour passed to the Greenwich meridian in 1884), but it still retains the aura of a remote and foreign place, touched by the mystique of the end of the world.
In the harshness of its landscape and the complexity of its isolation, El Hierro exhibits a brutal beauty. Here, life, which is not always kind, is the historical result of man's ingenuity at the mercy of nature.
El Hierro, strange as it may sound for an island, seems to live with its back to the sea. Its small capital, Valverde, is the only one in the Canary Islands that is not on the coast, but rather in the middle of a hillside at an altitude of 570 metres. That is why it smells neither of saltpetre nor of fish.
The few beaches on El Hierro are either small and difficult to access, such as the beautiful Tacorón cove, or so wild that swimming is dangerous, such as El Verodal and those in the Las Playas Natural Monument. Despite this, diving off its coast is not only possible, but highly recommended.
To do so, locals prefer the pools, natural pools that have formed in the nooks and crannies of the rugged coastline and more than compensate for the scarcity of traditional sandy beaches.
The setting for Judge Candela Montes —played by Candela Peña— to unravel murders in the hit series Hierro (Movistar+), this volcanic island of 268 square kilometres and 10,500 inhabitants was declared a Biosphere Reserve in 2000 and has been chosen by Lonely Planet as one of the top destinations for all ages in 2021. And there are plenty of reasons why.
To the south, near its only natural harbour, La Restinga—where the island's small fishing industry is concentrated—is the Mar de las Calmas, a marine reserve that has become a mecca for scuba diving, home to more than a hundred marine species, including barracudas, groupers, loggerhead turtles, moray eels and the occasional peaceful whale shark.
In this part of El Hierro is the charming cove of Tacorón, which requires a walk to reach its reddish sands, but also the pool of the same name. This natural pool is a small inlet with translucent waters.
Easily accessible by car via the road that crosses El Julan, a lava field that gives the south of the island a lunar appearance, Tacorón is a meeting point for locals who get up early to grab one of the barbecues set up under shelters and spend the day alternating between dips in the sea and sunbathing among rugged volcanic rocks.
Continuing westwards through the uninhabited south, you reach the Orchilla lighthouse, a geographical point that, until Columbus discovered America, was considered the end of the world. Very close by was the imaginary line that is the prime meridian, which the English took to the Greenwich Observatory in 1884, depriving El Hierro of its last geographical significance.
If you continue north along a road that winds up and down volcanic terrain dotted with wind-twisted junipers, you will pass close to El Verodal beach and, a little further on, you will reach El Hierro's great natural wonder, El Golfo, the result of telluric activity.
The great amphitheatre
A devastating earthquake literally broke the island in two 50,000 years ago, causing part of it to collapse into the sea and turning the remaining part into a gigantic and majestic amphitheatre.
In this crescent shape bordered on one side by high mountain slopes and on the other by the blue sea, the houses of the municipality of La Frontera are scattered, including the white temple of Nuestra Señora de la Candelaria with its peculiar bell tower separated from the main body and located on the red mountain of Joapira. When the wind is right, the sky is dotted with the multicoloured fabrics of paragliders.
Numerous pools open up along this long stretch of coastline. Some are perfect for families, such as La Maceta, with three pools where the Atlantic, when it stirs, filters its waves for the enjoyment of bathers. Or Los Sargos, with views of the nearby Salmor rocks, rock formations that emerge from the ocean and provide refuge for the endemic giant lizard.
Some are also charming, such as Charco Azul. Under a small cave measuring 10 metres long by 6 metres wide, its waters are a vivid blue on sunny days.
Next to it, in the open air, there is another pool where the hand of man is more visible and where you can enjoy the spectacle of the waves crashing against the basalt columns that serve as a final barrier.
After passing El Golfo, a tunnel pierces the mountain, allowing you to reach the other side of the island by car in just a few minutes. From there, you can visit the La Peña viewpoint, designed by César Manrique, and the Jinama viewpoint to enjoy the best views of El Golfo.
Or head towards the prehistoric laurel forest and the hidden Garoé tree, which, according to chronicles, was able to catch water from the clouds with its branches to give drink to the primitive inhabitants, the Bimbaches, in a place where there are no rivers.
The island of El Hierro from pool to pool
The Canary Island compensates for its lack of beaches with beautiful natural pools, such as those at Tacorón, La Maceta and Charco Manso.
If you follow the road towards the capital, there is a turn-off to Pozo de las Calcosas, a village on two levels. Above, the new houses and their tiny chapel. Below, in a natural bay protected by a magnificent cliff, is the old village and two natural pools next to a spectacular lava flow. Not far away is Echedo, a secluded village that serves as the gateway to Charco Manso and its photogenic volcanic arch.
Back on the road, you pass Valverde and, further on, the airport, until you reach Tamaduste, a coastal town that is home to one of the most popular natural pools among the islanders. A natural shelter for small fishing boats, at high tide the place is almost like a water park.
When the sea is rough, children venture to the mouth of this natural harbour to play with the waves and their bodyboards. Meanwhile, others climb the cliffs to dive into the water and families sunbathe on the promenade surrounding the natural pool. Who needs beaches in El Hierro?
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El Hierro, despite the isolation imposed by its location, the smallest and most remote of the Canary Islands, exudes an aura of mystery, touched by the mystique of the end of the world and a primeval beauty sculpted by volcanic forces.
A sudden gust of wind clears the wisps of fog to reveal the rugged landscape of El Hierro: cliffs battered by the ocean, black sand beaches, lava flows, and trails sheltered by volcanic ridges that ultimately reveal the geological apotheosis of its origin.
There is a strange stillness on the smallest and most remote of the Canary Islands, a dense silence that seems almost tangible, a solitude so stark that it sends shivers down your spine. Only the occasional gusts of trade winds disturb this tranquillity.
The weeping tree
It happened with water. A scarce commodity since time immemorial, obtaining it drove the Castilian conquerors crazy until they managed to discover the secret: the sacred tree of Garoé supplied the indigenous population (the Bimbaches) by condensing moisture from the clouds and then distilling it through its leaves.
Although, according to legend, it was a young woman in love who revealed this mystery jealously guarded by her people (which led to her execution), over time it became known that the abundance of the liquid element is actually due to a meteorological phenomenon: horizontal rain.
Today, many centuries later, the weeping tree (not the original, as it was destroyed by a hurricane in 1610) continues to provide fresh water under the weight of the mist.
And when drought strikes, as in the 1940s, known as the fateful year of drought, this process has been imitated with a system called fog harvesting, which is used in Chile's Atacama Desert and other arid areas of Africa, and which the natives of El Hierro already knew about a whopping two thousand years ago.
Little seems to have changed on the island since those days, determined to maintain its wild and secluded character, which, on the other hand, manages to save it from the tourist onslaught suffered by its sister islands in the archipelago.
In this territory with 11,000 registered inhabitants (although in practice there are around 8,000), there are only around 3,000 accommodation places (compared to 127,000 in Tenerife, for example). That and a handful of roads, a few supermarkets and a single working traffic light.
Balconies overlooking the Atlantic
There is nothing like contemplating the rugged coastline from above to appreciate the untamed nature of El Hierro, declared a UNESCO Global Geopark in 2014. To do so, there is a network of viewpoints, which can be reached via trails that follow the old routes used by the islanders, passing through lava flows, laurel forests and vertiginous ravines.
The viewpoint at Isora, overlooking Las Playas Bay, offers views of the majestic Roque de la Bonanza rock formation and the colonial beauty of the Parador de Turismo hotel, surrounded by palm trees and aloe vera gardens. Also beautiful are the viewpoints of El Lomo Negro, above the volcano of the same name and beneath which lies a colourful blanket of yellow and green rocks, and Malpaso, the highest (at an altitude of 1,500 metres), which on clear days offers views of the island of La Palma.
But none of them can overshadow the La Peña viewpoint, designed by Lanzarote artist César Manrique, which includes an elegant restaurant. From this privileged balcony, dramatic views of the Golfo valley, covered with banana and pineapple plantations, can be enjoyed as the sun sinks into the darkness of the Atlantic.
To understand the idiosyncrasies of this island, the history and customs of its successive inhabitants, you must visit the Guinea Ecomuseum, an old 17th-century village that preserves the volcanic stone houses of the first conquerors, on what was once an indigenous settlement.
Adjacent to it is the Lagartario, where efforts are being made to recover an endemic species that is barely surviving on El Hierro: the giant lizard, which can reach a metre in length and is bred in these terrariums to be reintroduced into the wild.
Not far from here, standing like a ship stranded on a tongue of rock, is the Punta Grande hotel, considered the smallest in the world: four rooms hanging over the ocean, where the waves crash against the rocks.
The end of the end
As if it were something you could breathe, the essence of El Hierro lies in those places that are themselves an ode to its identity. Like La Rayuela, a boutique hotel in colonial style with exquisite décor, which captures the cross-winds of the sea and the mountains and blends into the landscape with a beautiful estate where dragon trees grow.
Or like the 8Aborigen restaurant, run by chef Marcos Tavío, who recounts the history of Canarian cuisine through a 12-course menu that engages not only the sense of taste but also all the other senses.
Or like the El Mirador de Adra Winery, a benchmark for heroic viticulture, with wines made from varieties that are unique in the world, indigenous yeasts and ancestral patterns.
But you have to reach the isolated western tip, the corner where the idea of remote territory takes hold. It is here that the wind has shaped those dramatic, twisted junipers that are the emblem of the island.
This is also where Sabinosa, Spain's westernmost village, is located, where the residents themselves have created a movement to revitalise folklore and crafts.
And where the sanctuary of Nuestra Señora de los Reyes stands, home to the venerated patron saint who, every four years, is carried in procession to Valverde, the capital, in El Hierro's most important festival.
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